jueves, 16 de marzo de 2017

El Sueño del Mara akame

Entre la ficción y la realidad


Nieri es un joven wirrárika, cuyo sueño es viajar con su banda musical a tocar en un concierto en la gran ciudad de México. Pero su padre,  un Mara’akame (chamán huichol), tiene otros planes para él, pues debe seguir su tradición y encontrar al venado Azul en sus Sueños, para así poder aprender a sanar y convertirse en Mara’akame.

Federico Cecchetti dirige y escribe una cinta en la que supo abrazar no solamente una historia que me imagino puede ser bastante común para la comunidad wirrárika o wixárika, sino que se las ingenia para convertir su ópera prima en una película de denuncia política.

El primer largometraje de ficción sobre el pueblo wirrárika, ganador del premio a Mejor Ópera Prima en el pasado Festival de Cine de Morelia y ahora en su paso por el FICG, nos adentra en las tradiciones y la cosmovisión del pueblo que no se rinde por defender Wirikuta (ruta sagrada), y lo hace en su propia lengua solo para demostrar que ésta no es una barrera para comunicarnos con ellos y entender por lo que están pasando.

El pueblo wixárika de manera inevitable ha cedido a su hermetismo, la defensa de sus territorios los ha llevado a eso, al abrir su cultura también se abren a una vida diferente a la que han llevado. Los jóvenes serán siempre los mismos bajo cualquier etiqueta, y como tales, sienten la curiosidad y el deseo de revelarse ante lo que ya está establecido. Para los jóvenes huicholes las ideas y costumbres mestizas  pueden resultar muy tentadoras.

La historia de Nieri no nos resultará extraña, de hecho podría considerarse bastante común, pero el entorno en el que gira es lo que la hace extraordinaria. No es solo un padre queriendo que su hijo siga una tradición, como muchos padres quisieran que sus hijos caminaran sobre sus pasos con la misma carrera profesional, sino que ayuda a su hijo a encontrarse a sí mismo. 

Iván Hernández no se dio abasto con la belleza de las locaciones paseando su lente fotográfica por Wirikuta en San Luis Potosí. La búsqueda del hikuri (peyote), sus ceremonias, ofrendas y sacrificios se convierten en una narrativa visual que no necesita subtítulos.

Algo que me pareció muy agradable de la cinta fue su banda sonora, la apertura del pueblo wixárika ha permitido que sus acordes tradicionales se propaguen y se transformen. Emiliano Motta seleccionó a Huichol Musical para dar muestra de ello.

La escena final es tan bella como perturbadora. El mal que acecha a este pueblo tiene sonido de maquinaria pesada y rostro de excavaciones profundas que amenazan con destruir lo más sagrado en el planeta, condenando a todos a volver a la oscuridad eterna.





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