6 jun. 2020

No hay peor delincuente que una víctima


EL PRECIO DE SER INVALUABLE

Nací libre gracias al precio que otros pagaron por que así fuera. Nunca lo vi, pero supe que muchos lucharon con piedras y palos contra un gobierno opresor. Se llegó a considerar heroico el acto de aquel que llegó a la trifulca para incendiar la puerta de un valioso edificio con una antorcha en la mano y una losa en la espalda, hoy eso se llama vandalismo y se castiga con todo el peso y la fuerza de la ley, no con justicia necesariamente, pero puede costarle la vida al infractor y la sociedad dirá que se lo tiene bien merecido. ¡Mira que venir a meterse con una puerta! ¡Habrase visto!

FOTO: TRIBUNA

Siempre me dijeron que era necesario saber el valor de las cosas para en verdad apreciarlas, yo no sé cuánto vale mi vida, para mí es lo que se dice: invaluable, casi tanto como esa libertad por la que no pagué. Tampoco sé cuánto vale un edificio histórico. Puedo apreciar y maravillarme con una obra arquitectónica que ha soportado estoica el paso del tiempo gracias a sus muros de piedra, mas no tengo idea del número de infamias cometidas, por propios y extraños, para poder construirlos.

Sería incapaz de calcular el valor de un monumento como “La Minerva”, “La Diana Cazadora”, “El Pípila” o incluso el ángel que representa la Independencia de los mexicanos. Ignoro si el artista o todas las manos que trabajaron para darle forma recibieron el pago justo por su trabajo. No sé si se pagaron las “comisiones” correspondientes para que tal obra de arte adornara nuestras calles. Si me detengo a pensar un momento, tampoco sé por qué veo mi identidad en ellos; porqué me llenan de orgullo o por qué me unen con una ciudad o un país y, sin embargo, lo hacen.

No necesito calcular el costo de un montón de cristales rotos, autos destruidos o de la mercancía saqueada, los noticieros se encargarán de darme el costo de los daños y yo no me voy a molestar en verificarlos, voy a creer lo que me digan. Sé que alguien va a perder. No será el dueño de un imperio comercial o mucho menos un municipio, toda tragedia es siempre un gran negocio, un abanico de oportunidades para los contratistas, un “huesito”. En México los únicos que pierden son los que ya no tienen nada que perder.

Me duele ver mi ciudad arder. Me indignan las fuentes escupiendo agua color sangre o los muros vandalizados, sea por ocio o por un grito desesperado de inconformidad; pero me indigna más, mucho más, la impunidad. La bota en el cuello, la inseguridad y el abuso. Siento un gran desprecio por un gobierno opresor, que no solo roba con descaro burlándose de nosotros, sino que convierte a los ciudadanos en enemigos a muerte, que nos usa para sus fines. Vivos, muertos o desaparecidos seremos de alguna manera la razón que justifica los medios, sus medios. Títeres que aplauden o repudian las infinitas versiones de “verdad”. Somos la cara del movimiento que se adapta a una crisis determinada, un estandarte para mancillar o ser venerado, según convenga a sus intereses políticos y, mientras tanto, las muertes se suman por decenas de miles. En la morgue reposan hombro con hombre justos y pecadores, porque hay millones de jueces espectadores que decretan quién se lo merece y quién no se lo merece. Igual están muertos y la justicia nunca llegó para ninguno.

FOTO: EL NORTE

Los muertos no gritan. Los muertos no se inconforman, no cuentan la verdad de los hechos, mucho menos se manifiestan. Los muertos no rompen vidrios, ni prenden fuego, no son presas de la frustración que los lleva a perder la cabeza. Los muertos no saben en cuánto fue valuada su vida. Los vivos saben que la vida de una persona que no es de su interés vale menos que un muro, menos aun que una losa de cantera o un cristal. ¿Cuánto vale la vida de nuestros hijos e hijas? ¿En cuánto está valuada la vida de nuestros padres o hermanos y hermanas? ¿Cuánto quieres por tú vida? ¿Es lo menos?

Las vidas no se pueden pagar con nada, ni siquiera con otra vida. No existen repuestos para los seres que amamos, todos lo sabemos, aunque jamás hayamos perdido a nadie. Y entonces, ¿por qué es tan difícil de entender? ¿Por qué sólo se nos permite sufrir y quejarnos de manera ordenada, pacífica? ¿Por qué la rabia por las injusticias está prohibida? No se ve linda, es cierto, no retrata bien en los periódicos o en noticieros de televisión, mucho menos si es manipulada. No hay peor delincuente que una víctima. La muerte es lo menos que se merece, tal vez ¡se lo buscó! Eso es lo que se saca por ser víctima, por dejarse violar, abusar, robar, matar o peor aún, por quejarse, por cumplir con su deber o por querer vivir con el lujo de no tener miedo.

Muchos hemos sufrido perdidas materiales y humanas por actos de delincuencia, las estadísticas están a punto de alcanzarnos a todos y todos vamos a querer justicia por ello, es nuestro derecho y hacemos mal si no exigimos lo que merecemos como ciudadanos. Si el fin justifica los medios eso no lo sé, jamás justificaría se atente contra otra vida por manifestarse (a menos que sea en defensa propia y en igualdad de circunstancias) y confieso que hay muchos medios que no me gustan, pero en algún punto entendí que nada vale más que una vida, que la integridad de un ser humano. ¿De cuál ser humano? ¡Del que sea! Tal vez es demasiado pedir que seamos capaces de “medirnos” con igualdad, no estoy segura de poder hacerlo, pero al menos trato de ponerme los zapatos de una madre desesperada. De manera muy egoísta prefiero mil veces apoyarla levantando la voz junto con ella que vivir en carne propia su desdicha y frustración.

Todos tenemos diferentes obligaciones, la del gobierno es protegernos. Garantizarnos seguridad, tanto de los delincuentes como de las fuerzas del orden, y si fue incapaz de protegernos, entonces debe, al menos, ofrecer justicia. Hay cosas que no deberían ser, es cierto, vandalizar o destruir propiedad publica o privada es una de ellas, pero antes de eso, antes de los millones en los que se puedan valuar los bienes materiales, no debemos olvidar que todo se puede reponer, menos la vida, sea de un inocente, presunto delincuente o policía en cumplimiento de su deber (no en abuso del mismo). Me gustaría creer que todos somos invaluables para alguien y que ese alguien será capaz de hacer arder el mundo con tal de conseguir justicia por nosotros.

 
FOTO: REVISTA ESPEJO

29 nov. 2019

Jojo Rabbit


Jojo Rabbit

La ternura negra de Taika Waititi


Creo que Taika Waititi ha demostrado, hasta ahora, que no tiene otra vía de comunicación que no surja del humor, pero del humor negro de veras. Casi me atrevería a decir que recurre a lo absurdo para evitar lidiar con cosas muy serias; por fortuna, para él, yo no soy el Sr. Steven Spielberg, por lo que no abandoné la sala indignada antes de que esta sátira cinematográfica sobre la Alemania nazi entrara en su apogeo, sino que me quedé a llorar de la risa… y a sentirme un poquito culpable por haber disfrutado la película.


Jojo Betzler (Roman Griffin Davis) es un niño alemán, orgulloso militante de las “Juventudes Hitlerianas”. Una especie de  Boy Scouts que juegan a ser parte de la élite de los soldados Wehrmacht, pero su vida se complica cuando se da cuenta de que su Rosie (Scarlett Johansson), su madre, tiene escondida a una jovencita judía (Thomasin McKenzie) en su casa. Jojo se refugia en los consejos de su amigo imaginario (Taika Waititi) para lidiar con la situación.


Voy a empezar por lo primero que me llamó la atención, el elenco. Roman Griffin Davis, el debutante, está maravilloso en su papel. Todo en él escurre ternura, a pesar de las atrocidades en las que está inmiscuido. Nos desarma con sus ojitos de Yoda Baby y sus rulos rubios, su pequeña boquita... Un ángel para acabar pronto, pero eso sí, muy bien plantado en su papel y con una química extraordinaria con sus coestelares. Este jovencito se pone al tú por tú con Sam Rockwell, Scarlett Johansson y con el mismo Waititi, como si en verdad fuera la persona en la que más confía. Thomasin McKenzie como Elsa, quien ya trae consigo la experiencia de un buen papel en Leave No Trace (2018) se calza los zapatos de una nueva versión de Anne Frank. Por su parte, Archie Yates, el otro descubrimiento de Waititi, tiene un papel más modesto, pero convincente. Sam Rockweell, no se cansa de demostrar que está en su mejor momento, Alfie Allen (Game of Thrones) apenas abre la boca y Rebel Wilson, como siempre, odiosa. Lo siento no me gusta el tipo de humor que maneja, aunque en este caso, ese papel no era para nadie más.


Waititi hace una adaptación, bajo su sello característico, de la novela “Caging Skies”, de Christine Leunens. Esta es una de esas cintas que divide a la audiencia, le puede parecer chocante (porque lo es) o le puede parecer adorable (porque también lo es). El asunto aquí es que si usted la ama o la odia está bien, esa es la reacción que el director neozelandés estaba esperando. Como lo dije al inicio de la nota, este hombre se expresa a través del humor negro, su crítica social se basa en la ridiculización de su personaje “blanco”, sea un héroe o un villano, todavía no puedo superar lo que le hizo a mi querido “Dios del Trueno” en Thor: Ragnarok. Muy lejos de la gracia y majestuosidad de Chaplin interpretando a Adenoid Hynkel en The Great Dictator de 1940, Taika Waititi dispara el humor con una bazuca en su versión de Hitler.


Otra cosa de la que sabe echar guante el director, es de la música. La música puede hacer que olvidemos sus errores, porque sabe en qué momento soltarla, en qué tono y cuál género; también el soundtrack tiene su grado de sarcasmo, no sea que se le vaya olvidar de quién estamos hablando, así que para no correr riesgos Waititi se fue a la segura con el dos veces ganador del Oscar: Michael Giacchino. En cuanto a la fotografía, también optó por alguien con experiencia, decisión muy acertada en ambos casos. Mihai Malaimare Jr. (The Master) fue el cinefotógrafo encargado de darle el mejor ojo a su colorido y casi folclórico Diseño de Producción.


Jojo Rabbit no va a pasar inadvertida, tal vez es demasiado irreverente para colarse en las premiaciones, digamos “mayores”, aunque la audiencia ya impuso su opinión en el Festival de Toronto (TIFF),  pero la competencia es dura y la corrección política no es precisamente lo suyo. Hitler y sus atrocidades son un tema del que tal vez nunca dejará de hablarse, o quizá no debemos dejar que esa gran herida cicatrice y quede en el olvido, porque nada más se empieza a enfriar el tema y otros tiranos intentan ocupar su lugar. Taika Waititi está agarrando vuelo y es momento de tomárselo muy en serio, aunque nos haga llorar de la risa y darnos de latigazos por ello. 







26 nov. 2019

Parasite


Parasite

Lucha de clases a dos de tres caídas



Cuando a uno le da por ponerse cómodo en el exilio el paso del tiempo se torna confuso, meses han pasado desde que la crisis de los cuarenta (con retraso de casi diez años) me llevó a aventurarme en otro país. Y aunque parece que las cosas comienzan a tomar su lugar, mi pluma y mis ganas de escribir, no se han decidido del todo; por lo que me tomó por sorpresa esta urgente necesidad de contarles sobre Parasite (Parásitos), la nueva película de Bong Joon Ho.



        El único antecedente que tengo del director y guionista surcoreano, es su película anterior: Okja del 2017. La cual no fue precisamente de mi agrado, demasiado ingenua quizá o simplemente fue devorada por su propio mensaje. Sé que muchos no comparten mi opinión al respecto, pero reconozco que de ahora en adelante, analizaré más a fondo al señor Ho.


        La familia de Gi Taek (Song Kang Ho) está sin trabajo, él, su esposa y sus hijos viven en la miseria en una especie de habitación a pocos centímetros de considerarse un sótano. En esa precariedad se dedican, sin mucho éxito, a armar cajas para pizza, hasta que la oportunidad le sonríe a su hijo mayor, Gi Woo (Choi Woo Shik), cuando empieza a dar clases particulares en casa de la familia Park, en donde pronto conseguirá acomodar a su hermana Ki-jung (Park So-dam), su madre Chung-sook (Chang Hyae-jin) y finalmente a su padre. La familia Park por su parte, o debería decir, por el contrario, viven en la parte más alta de la mejor colonia de la ciudad, en una casa que es una obra de arte y un bunker al mismo tiempo. Ahí el señor Park (Lee Sun-kyun), su esposa Yeon-kyo (Cho Yeo-jeong), su hija Da-hye (Jung Ziso) y el pequeño Da-song (Jung Hyeon-jun), recibirán con los brazos abiertos a sus nuevos empleados domésticos.



        Si vamos a la descripción del género de esta cinta nos vamos a topar con: Comedia, Drama, Thriller, Comedia negra o Drama social, así que mejor vamos a dejarla como “sui generis” y nos evitamos las confusiones, porque de todo vamos a encontrar aquí, y es justo eso lo que la hace brillante. Bong Joon Ho entrega una trama caótica, que fue armando paso a paso, tal vez en un principio camina muy despacio, pero créame que es algo que agradecerá después, porque hay momentos en que parece cosa del diablo, mas no pierda de vista que aquí todos los demonios son humanos y puede que más de uno le parezca conocido.


        En su parte de Drama Social, expone los extremos de las clases sociales, sus similitudes y el desprecio que se tienen unas a otras. La parte de Comedia, nos hará sentir pena de nosotros mismos cada que se nos ocurra soltar una carcajada, el Drama es lastimero y el Suspenso estremecedor. No darnos cuenta en qué momento cambia de una cosa a otra es genialidad de su creador.



        Las actuaciones de todo el elenco son buenísimas, quisiera poner por encima de todos a Cho Yeo-jeong, pero sería injusto, cada uno es su papel encuentra el punto exacto. La banda sonora consta de música original para la película compuesta por Jung Jaeil, con quien previamente trabajó en Okja, y la fotografía fue responsabilidad de Kyung-Pyo Hong, con quien también ya había trabajado antes. Estos tres puntos quedaron al mismo nivel que la dirección y el guion.


        La ganadora de la Palma de Oro 2019, tal vez no necesite más recomendación que dicho premio para llenar todas las salas en donde se proyecta, es una cinta que aunque está hecha con un idioma en donde no entendemos ni jota, el tema es un asunto global, con facilidad me puedo imaginar una versión mexicana. Así que no les haga el feo a estos muchachos y muchachas de ojitos jalados, si le da tiempo de arrancar, pasa por alto algunos detalles absurdos y se permite llegar hasta el final, le aseguro que no saldrá decepcionado.


        Vaya tomando en el camino algunas de las frases brillantes que dan forma al guion, porque son las esquirlas de un plan maestro. Parasite es una guerra a muerte entre los de “Primera fila” y “Gayola”, Bong Joon Ho se ensaña con mostrarnos ese contraste visual. Los millonarios se arman con sus prejuicios y los pobres con sus aspiraciones, en una arena en donde la moral no tiene cabida y la violencia es minuciosamente coreografiada.





10 jun. 2019

Chernobyl


Chernobyl

Una mirada desde México 



El 26 de abril de 1986, a la 01:23 horas, una serie de explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético de la Central Eléctrica Atómica (CEA) de Chernóbil, situada cerca de la frontera bielorrusa. La catástrofe de Chernóbil se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX.
«Chernóbil», Belarússkaya entsiklopedia.


El siglo XXI sigue a paso firme su curso, sin embargo, para muchos de los flamantes adultos del día de hoy, denominados así mismos: “atrapados en los 80´s”, esa década, esa gloriosa época, parece extenderse hasta nuestros días, se puede decir que los playlists nos delatan. En México 1986 fue el año del Mundial de Fútbol no había tema más importante que ese, y claro que nos enteramos (varios días después como el resto del mundo) del terrible suceso en la entonces llamada Unión Soviética; sin embargo no entendíamos de qué se trataba, sí, seguro era una cosa muy mala, pero sucedió muy lejos, el Mundial estaba a punto de comenzar y por lo tanto nunca nos importó, la noticia quedó sepultada por “la mano de Dios”.


        Para todos aquellos que pensaron que la tragedia de Chernóbil no nos alcanzaría (más allá de las partículas en aire que nos tocaron), nuestros gobernantes a cargo, y pese a la advertencia recibida, nos hicieron el favor de comprar leche en polvo contaminada por la nube radioactiva que se generó en el accidente nuclear. Eso que al final quedó en nuestro país como una leyenda urbana, significó un aumento del 300% en la incidencia de cáncer infantil (1987-1997). Se calcula que todos los mexicanos en esa época consumimos, al menos una vez, una porción de las 40.000 toneladas de leche en polvo, distribuidas en más de treinta empresas de productos alimenticios, principalmente a través de CONASUPO a todo el territorio nacional. Así que ningún ruso nos va a venir a dar cátedra sobre mentiras y artilugios.


        Dentro de las tendencias actuales cada día se habla más de ese “accidente” nuclear gracias a la miniserie Chernobyl, una coproducción de la cadena estadounidense HBO y la cadena inglesa Sky, basada en los hechos reales que se describen en los libros: “Voces de Chernóbil” (Svetlana Alexiévich. Premio Nobel de Literatura 2015) y “Medianoche en Chernóbil” (Adam Higginbotham. Periodista). Gracias a eso, y quizá a momento histórico por el que pasan nuestras comunicaciones, esta catástrofe nuclear tiene ahora la atención que no tuvo nunca. Hoy los ojos están sobre el sarcófago gigante que contiene más de 200 toneladas de material radioactivo que no ha muerto, sigue y seguirá escupiendo radionúclidos por miles de años.


        El director Johan Renck (Breaking Bad) y el guionista y creador de la serie Craig Mazin (Superhero Movie) lograron recrear de manera impresionante el lugar de la tragedia. Sin perder de vista que Chernobyl es una serie de ficción, es decir, que no todos los personajes que ahí aparecen son reales y algunos de los hechos se exageraron u ocurrieron en momentos diferentes, la miniserie logra transmitir las emociones y los acontecimientos generales de esa catástrofe. A manera personal puedo hablar de la angustia, el coraje y la tristeza con la que viví el recorrido visual de esos cinco episodios y las cápsulas “fuera de cámara” que se agregaron al final de cada uno.


        En un formidable despliegue actoral van apareciendo los protagonistas principales. Valere Legasov, el físico nuclear en jefe interpretado por Jared Harris; Stellan Skarsgård como Boris Shcherbin el Viceprimer Ministro de la Unión Soviética; Adam Nagaitis y Jessie Buckley interpretan al bombero Vasily Ignatenko y su esposa Lyudmilla Ignatenko. David Dencik da vida al Secretario General del Partido Comunista en ese momento, Mikhail Gorbachev.


Entre los personajes ficticios sobresalen Emily Watson quien toma el rol de Ulana Khomyuk otra física nuclear, pero que en realidad no sólo representa a los cientos de científicos que se abocaron a minimizar los daños por radiación en el lugar del accidente, sino que tiene un papel como de “La Conciencia”, como esa voz en la cabeza que los incita a hacer lo correcto. En un rol parecido esta Barry Keoghan que interpreta a un soldado de nombre Pavel, a quien hacen notar que lo levantaron del pupitre y lo vistieron como militar, el personaje de Keoghan hace las veces de “La Inocencia”, que quizá se puede referir a la ingenuidad de un pueblo que todavía cree en sus gobernantes. Por último quiero mencionar el papel de Donald Sumpter quien da vida a un anciano identificado como Zharkov. Sumpter representa el régimen que agoniza, al “dinosaurio” que se aferra a su falso poderío momentos antes de morir.


En Chernobyl no hay escenas sin sentido, cada cuadro, cada mirada, cada tropezón tiene un objetivo y genera una reacción en la audiencia. Es cierto que puede resultar tendenciosa y que hay partes que parecen “cortadas” de forma prematura, tal vez necesitaba un poco más de tiempo para contarse, aunque no sé si hubiera podido soportarlo. Hay terror en su belleza, no puedo quitar de mi cabeza la escena en el puente.


        Craig Mazin estremece con su manera de contar las cosas, lo cual no deja de sorprender, más cuando caemos en cuenta de sus antecedentes como director o guionista. Tal vez uno de sus mejores logros fue explicar con manzanas los fenómenos ocurridos, ya que nadie en la vida real se dio a la tarea de hacerlo como lo haría Jared Harris a lo largo de la serie y especialmente en el juicio. Así que no se preocupe, aunque no sea físico nuclear, entenderá la gravedad del asunto, y eso, será lo que le haga perder el sueño; o al menos se convertirá el mejor tema de conversación para estos días.


        Las mentiras cuestan y cuestan demasiado, ésta en especial costó y sigue costando muchísimas vidas, costó pérdidas económicas, ecológicas y territoriales de proporciones épicas, costó la caída de un régimen obsoleto pero aferrado a la falsa percepción del poder.




29 mar. 2019

Dumbo


Burton sucumbe ante lo correcto


No puedo hablar del impacto de Dumbo allá por 1941, pero puedo hablar de lo que esos sesenta y cuatro minutos provocaron en mí a mediados de los años setenta, puedo hablar también de la reacción de mis hijos en los inicios de los dos mil; o de la mi sobrino pequeño hace unos años a esta misma cinta protagonizada por un elefante bebé de orejas gigantescas, su impacto fue tal que hasta ahora se rehúsa a ver de nuevo la película en donde la Sra. Jumbo es encadenada. Lo curioso de todo esto, en las tres generaciones, es que ninguno de nosotros pensó en un animal de circo maltratado, sino que todos humanizamos a aquella elefanta que echó abajo un circo por defender a su cría. Nosotros lloramos por la mamá de Dumbo y su posterior separación.


        En el 2019 Tim Burton, con la venia de Disney, presenta una nueva versión de aquella película en donde los humanos figuraban sólo para maltratar a madre e hijo, o para embriagar a este último. Ahora tenemos a Holt Farrier (Colin Farrel) un soldado que regresa de la guerra para integrarse de nuevo en el circo en donde se encuentran su hija Milly (Nico Parker) y su hijo Joe (Finley Hobbins), ya que al morir su madre quedaron al cuidado de otros trabajadores circenses bajo la dirección de Max Medici (Danny DeVito) dueño del circo. Cuando Max Medici ve las enormes orejas del pequeño paquidermo se desentiende de él y lo deja al cuidado de los niños, pero cuando se descubre que puede volar, se aparece V.A. Vandevere (Michael Keaton) un frío empresario acompañado de Colette Marchat (Eva Green) una trapecista francesa. El Sr Vandevere quiere asociarse con Medici para así tener derechos sobre el pequeño Dumbo.


        La lista del elenco humano que acompaña a la familia de paquidermos se hace larga y la de los animales prácticamente desaparece, lo que no explica en qué momento la película se deshumanizó. No puedo culpar a los animales creados por computadora, porque hasta eso que les quedaron muy bien, Dumbo sigue siendo encantador; salvo Keaton, DeVito y la breve participación de Alan Arkin, el resto de los protagonistas están acartonados, sobre todo los niños, que se supone que son los que debían inyectar las emociones a la cinta.


        Ehren Kruger fue el guionista que adaptó, o que mejor dicho, despedazó la versión original de Joe Grant y Dick Huemer, tomada del libro Dumbo, the Flying Elephant de Helen Aberson, del que quiero asumir, tomaron al menos parte de esta nueva historia; por desgracia aquí se refleja de manera muy clara que “menos es más”. La música estuvo a cargo de Danny Elfman, quien quedó muy lejos del trabajo que hicieron Frank Churchill y Oliver Wallace en 1941. Baby Mine, tenía todo para estremecer al público con sus acordes, pero ni la escena, ni los nuevos arreglos lograron hacernos derramar una lagrimita siquiera.


A Dumbo le puedo aplaudir la fotografía de Ben Davis y el montaje de Chris Lebenzon. A la mano de Burton le agradezco la escena de los elefantes rosas, otra parte emblemática de la película, que aunque no me gustó la modificación del origen, me pareció bellísima, lo mismo que los detalles retro del mundo circense, pero es aquí justo cuando me pregunto ¿por qué si hicieron una película de época, no respetaron el momento histórico?


Es cierto que no todo en los tiempos pasados fue mejor que ahora, es cierto también que como sociedad hemos cambiado y dimos marcha atrás a cosas que nunca debieron ser, como al maltrato de los animales en el circo o incluso al hecho de alcoholizar a un menor, por más accidental que parezca, pero la historia está para aprender de ella, no para editarla y maquillarle los errores. La cinta no refleja la realidad de ese momento, ¿por qué?, ¿por no herir susceptibilidades actuales? ¿Dónde está el drama entonces? ¿Dónde quedó todo ese cúmulo de detalles que nos hicieron reír por la inocencia y llorar por las injusticias? ¿Dónde quedó el Dumbo que era empático con nosotros, que era UNO de nosotros? ¿En dónde quedó todo lo que hemos aprendido de errores pasados, si ahora parece que nunca existieron?


Yo no voy a hablar, como muchos lo están haciendo, de que Burton “perdió el toque”, para mí el director se aferró hasta donde pudo a la parte oscura que lo caracteriza y eso me gustó muchísimo, yo quería más de eso porque él se mueve cómodo en la oscuridad y la historia pintaba a ser perfecta en sus manos, el problema fue que lo forzaron a ser verde y no negro.


Tal vez mi sobrino, si es que se atreve a verla, logre sanar el corazón que se hizo pedazos con la versión original y ahora pueda sentirse más tranquilo por el destino de Dumbo y su mamá. Para los niños que jamás la han visto puede ser una linda película que no les recordará a nada ni a nadie, pero igual querrán comprar los nuevos juguetes coleccionables. Yo me quedé con pañuelos desechables intactos.