viernes, 24 de febrero de 2017

Diversidad y feminismo en el arte de México del siglo XX

Dra Francesca Gargallo


Como parte de los eventos organizados por Cultura Zapopan bajo el hashtag #ConversatorioZapopan la escritora, crítica literaria y de artes visuales Francesca Gargallo, presentó su conferencia   “Diversidad y feminismo en el arte de México del siglo XX”. Francesca Gargallo se llama a sí misma “feminista autónoma”, tiene un Doctorado en Estudios Latinoamericanos y muchos otros reconocimientos. Estuvo acompañada por la Doctora Mariana Espeleta, investigadora del ITESO y por un nutrido grupo de asistentes que escucharon con atención su ponencia.

La conferencia giró en torno a las mujeres que integran el “Salón de la plástica mexicana”, del cual  Gargallo ha estado involucrada en el rescate  y exposición de las obras  de las mujeres creadoras (feministas o no),  ya sean pintoras, fotógrafas, escultoras, etcétera. En un intento por reconstruir sus acervos, evitar el olvido y la desaparición del arte  creado por mujeres que marcó un hito en la historia de la plástica mexicana.

Hace hincapié en  que en las escuelas de arte de México desde los años setenta la cantidad de hombres y mujeres egresados son mitad y mitad, pero sólo  una tercera parte de las y los productores de las diferentes expresiones artísticas en México son mujeres que en la mayoría de los casos no tienen representación.  Los hombres salen de la escuela con menos censura, mientras que las mujeres terminan sus estudios y no cuentan con espacios para exponer, las que lo logran son las peor pagadas, cosa que no sorprende a nadie, señala.

La Dra. Gargallo menciona que las mujeres representan una entera corriente en ciertos momentos de la presencia del arte, por lo  que fue necesario hacer un rescate visual de la obra de las mujeres, en la formalización de este rescate el arte perdió valor,   como si no importara, como si el arte fuera una ilustración, el dibujito que acompaña a lo verdaderamente sustancioso, y lo verdaderamente sustancioso es la sociología y la antropología. Asegura que con estos esfuerzos se pueden hacer muchas leyes que ayuden a conseguir cosas,  pero pese a eso las mujeres siguen muriendo de siete al día. A su punto de vista es porque no hemos cambiado la cultura, ya que para cambiar la cultura necesitamos cambiar simbologías, apreciaciones, debemos de aprender a respetar el sentir, es decir, la estética que las personas producen.

Recalca su intención de cambio al hablar a través del arte,  ya que para ella es  ese deseo de libertad, esa transformación social, el mismo que la mitad de la humanidad reflejó en el surgimiento de la corriente feminista en la segunda mitad del siglo pasado. Cuando de repente una mayoría tratada como minoría empieza a manifestarse y a tener un movimiento político rebelde, enojado; movimiento  que irrumpe los espacios de la formalidad política y académica, irrumpe el conformismo en las artes que se vivía en ese momento.

El feminismo cuajó en acciones simbólicas acerca de los derechos negados a las mujeres con acciones como la llamada: “Marcha por la maternidad voluntaria” del 9 de mayo de 1971.  Marcha que no estuvo llena de pancartas y banderas, ni de miles de manifestantes, sino que estuvo integrada por cuarenta participantes, por lo que ella prefiere llamarla un “mega performance”, uno muy grande que exigía el derecho a una maternidad libre y voluntaria,    fue precisamente  para un 10 de Mayo, en la celebración de la abnegación maternal al sistema de consumo de personas y cosas. Así que cuarenta años después de ser instituido es intervenido por una masa crítica de cuarenta mujeres que irrumpen con una acción directa en un molde. Irrumpen en el molde mental de la “Santa maternidad subyugada”  y lo hacen con imágenes de mujeres pintoras, no de pintoras feministas (hasta ese momento), pero sí retoman imágenes de Frida Kahlo por ejemplo, con ese deseo de maternidad  no realizado porque les fue impuesto o heredado.

En México el feminismo estaba cansado, cansado de pelear años antes las luchas sindicales por la igualdad de salarios entre mujeres y hombres. La escritora recuerda que antes del movimiento del 1971, las feministas estaban exhaustas  de su fuerza moral, sin embargo, dentro del mundo del arte,  en 1953 Angelina Beloff, pintora rusa, quien desarrolló gran parte de su obra en México, Celia Calderón, Vita Castro, Gloria Calero, la alemana nacionalizada mexicana Olga Kostakowsky, mejor conocida como Olga Costa, la bailarina y escultora estadounidense Rosemonde Cowan Ruelas (Rosa Covarrubias más adelante), María Izquierdo,  la primera mujer mexicana en exponer fuera de México, la muralista Fanny Rabel, Frida Kahlo, Cordelia Urueta, Chabela Villaseñor, escultora jalisciense; Geles Cabrera, Rosa Castillo, Rosa Galán, e Irma Díaz, organizaron la ‘Primera Exposición Colectiva de Artistas Mexicanas’ en el Salón de la Plástica Mexicana, apenas cuatro años después de su fundación. Con ella afirmaron sin remedo que existían y que estaban produciendo no sólo un arte propio,  sino el lugar social de la afirmación de un mundo bisexuado con sus contenidos plásticos y sus interpretaciones estéticas. Lo cual,  no fue poca cosa.

Al ser México país de acogida, en la historia de la plástica mexicana es importante mencionar que en este país la gente encontró refugio para crear, huyendo de otros movimientos como el  Macartismo, Franquismo, las persecuciones o guerras. Las quince mujeres que participaron en la muestra colectiva estaban relacionadas a su vez con la fotógrafa Tina Modotti y la francesa Alice Rahon, Remedios Varo, Kati Horna y  Leonora Carrington entre otras.

Todas ellas comenzaron a cuestionarse sus lugares de privilegio reivindicando algo que ahora nos parece muy poco, pero que en ese entonces no lo era. Reivindicaron la  NO separación del arte de la artesanía, como menciona es el caso de la doctora en filosofía, Eli Bartra, al escribir un análisis del arte popular hecho por mujeres en México y el mundo,  la división entre arte y artesanía no existe, asegura,  es una división construida para cimentar el precio del arte y depreciar la artesanía. Las primeras que se dieron cuenta fueron precisamente  las artistas del salón de la plástica mexicana, las cuales reivindican la esteticidad,  la emotividad y la emoción que produce una artesanía. Entienden a las mujeres que no tienen otro espacio para manifestar una construcción simbólica y plástica desde sus pueblos de origen,  ya que si al pintar eres una mujer náhuatl o wirrarika entonces no se considera arte, sino artesanía. Con base en esto afirma que  en realidad artesanía no existe, es arte y punto. Lo que se considera artesanía es depreciado por el lugar social que se da a las ciertas mujeres, las cuales comienzan a denunciar el racismo del arte. También plasman en su obra la fealdad de la pobreza,  la dramaticidad de la maternidad secuestrada por la muerte, el poder paterno y la comicidad del alcoholismo, temas  que entran con mucha fuerza en sus imágenes. Las mujeres empiezan  a representar eso que, hasta ese momento, la pintura mexicana no había tocado.

Gargallo menciona también que si bien este hecho es paralelo a la revolución social que pintaban sus compañeros hombres, miembros del mismo  salón, afectaba otro orden del mundo, como lo era el privilegio masculino en la exclusividad de la representación. De repente nos encontramos con la representación de una madre o de una mujer que carga a los niños, algo que no estaba representado con anterioridad.

En total  118 mujeres entre  400 artistas  son parte  del “Salón de la plástica mexicana”, 17  de ellas fundadoras. Juntas lograron un gran ensayo de agrupamiento en su primera exposición, considerada una manifestación plástica, una expresión sexuada, sin que esto signifique que todas ellas hacen una representación de su sexualidad, pero sí dejan  marca de referencia, la marca de ser mujeres.










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