miércoles, 7 de diciembre de 2016

Un monstruo de mil cabezas

Resultó una Hidra descabezada
Cada año me aferro a encontrar entre todas las producciones mexicanas una cinta digna de promover. Malinchista me han dicho más de una vez. Es que a ti te gustan puras películas raras, me acusan otros. Al cine hay que ir a divertirse, defienden los amantes de las comedias ridículas que portan orgullosas el “Hecho en México”.  La verdad es que  no soy malinchista, al contrario, me gusta defender lo que se hace por estas tierras, pero para eso la película debe reunir ciertas características, subjetivas sí, porque es imposible que para todo el mundo sean las mismas,  pero algo que pueda justificar su lugar y permanencia en una sala de cine comercial, lo cual es casi imposible de lograr si no te apellidas Cuarón, Derbez, Higareda, García o Luna.

“Un monstruo de mil cabezas” se aparece en la cartelera con el antecedente de la bien plantada reputación del uruguayo radicado en México, Rodrigo Plá, por su muy premiada película “La zona”; además de contar con  el guion  de su también reconocida esposa, Laura Santullo, autora de la novela homónima en la que está basado.

Sonia Bonet (Jana Raluy) es testigo del sufrimiento de su esposo aquejado de un cáncer de próstata. Su médico ha sugerido un tratamiento pero la aseguradora lo ha rechazado. Sonia, acompañada de su hijo Dario (Sebastián Aguirre), se da a la tarea de buscar al Dr. Villalba (Hugo Albores) coordinador de la aseguradora para que reconsidere su rechazo al tratamiento.

Hasta el planteamiento de la historia todo va muy bien, pero conforme avanza me comencé a perder entre lo ilógico y lo innecesario. Rodrigo Plá, muestra un diestro manejo de la cámara, tal vez exagera un poco con las tomas desenfocadas, o con la acción que sucede fuera de cámara, pero se lo perdono. La fotografía  de Odei Zabaleta es excelente, no pierde ni su estilo, ni su pureza a lo largo de la película.

Cuando digo ilógico me refiero a lo, en apariencia, sin razón de las medidas extremas que toma el personaje de Jana Raluy (Capadocia), y esto es porque no tenemos unos antecedentes que la coloquen en un punto de quiebre como el que muestra en la cinta. A pesar de la calidad del guion, al menos a su servidora, no le resultó suficiente para justificar una reacción así.

Cuando me refiero a lo innecesario hablo de las escenas con poca ropa y/o desnudos de la cinta. En serio, no eran necesarios, no están justificados en la historia. No poseen esa estética poética, ni siquiera reflejan un cierto grado de intimidad, de miedo o de emoción. Dígame usted ¿cómo voy a sobrevivir a las partes íntimas de Daniel Giménez Cacho? ¡Imposible!

Actuaciones. Bien, muy bien, especialmente Jana Raluy quien no suelta la frustración de su personaje, que dicho sea de paso, era un personaje muy complejo. Brinca de una “linda persona” a una loca desquiciada. Un reparto con mucho peso donde destacan los nombres del ya mencionado encueratriz Daniel Giménez Cacho, Úrsula Pruneda, Emilio Echevarría, un Sebastián Aguirre mucho más seguro de sí,  y un muy desperdiciado Noé Hernández, quien,  a mi gusto,  merecía más de lo que le fue asignado.

Se supone que el humor negro tiene un lugar especial en la cinta, lo cual hubiera estado muy bien, si en realidad existiera esa tensión que se puede romper a carcajadas, pero no la hubo; al menos no en la fila en donde yo estaba sentada. “Un monstruo de mil cabezas” es demasiado plana para ser considerada un thriller y muy insípida para ser considerada un drama desgarrador.


La temática es buena, sin duda algo para pensar y para sufrir, porque muchos ya hemos pasado por esos trámites, si la historia hubiera girado alrededor de los servicios de salud pública estaríamos hablando de una película más sangrienta que la más sangrienta de Tarantino, pero no fue así. Las aseguradoras privadas, en efecto, son un monstruo de mil cabezas, pero  nos faltó un poco más de drama para alcanzar a verlo.






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