lunes, 3 de octubre de 2016

Lucha Libre

Un invento muy mexicano

La lucha libre mexicana tiene sus orígenes en el año 1863.  Enrique Ugartechea, primer luchador mexicano, desarrolló e inventó la lucha libre mexicana a partir de la lucha grecorromana. Los primeros duelos entre las compañías de Giovanni Relesevitch y Antonio Fournier significaron el nacimiento de los primeros luchadores en el Teatro Colón. En septiembre de 1933 Salvador Luttherot González funda la Empresa Mexicana de Lucha Libre (hoy conocida como Consejo Mundial de Lucha Libre), razón por la cual es considerado el "padre de la lucha libre".

Hay tres características principales en la lucha libre mexicana, la primera, las llaves que magistralmente realizan sus luchadores volando dentro y fuera del cuadrilátero. La segunda es la máscara, los diseños son parte esencial de la creación de los personajes, lo que les da un halo de misterio. La máscara es lo más preciado que tiene el luchador y no hay mayor deshonra que perderla en una apuesta; ya que no la pueden volver a portar nunca jamás en su carrera deportiva (salvo contadas excepciones). Las primeras máscaras hacían alusión a los personajes del bien y el mal lo que dio origen a los míticos personajes como El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras. Esta lucha entre el bien y el mal es la tercera de las características, ya que hasta la fecha los bandos se dividen en Técnicos y Rudos (buenos y malos).

La lucha libre es el deporte-espectáculo más popular, sólo por debajo del fútbol, sus características la hacen única mundialmente en donde es reconocida y hasta imitada. La Arena México es el recinto más grande del mundo dedicado únicamente a la Lucha Libre, en él se encuentra este maravilloso mural de Miguel Valverde.


Al Salir, todos somos barrio

El barrio no es un lugar en el espacio, no hace falta cordón umbilical para volver a él. El barrio acompaña nuestro caminar y nuestro caminar delata al barrio.
El barrio es instinto primario, habita en las primitivas profundidades del cerebro basal, para emerger a la superficie cortical explotando por la boca, cuando el primer luchador aparece en el cuadrilátero.
El barrio nos ubica con los de arriba o los de abajo. Nos hace rudos o técnicos. Por el barrio abandonamos la arena antes de que pase el último camión, o buscamos entre las gradas a la muchacha del servicio.
El barrio está inconsciente, sale del trance en florido lenguaje de altos decibeles. El barrio se delata y te hace girar la cabeza ante la voz de: “vuelta, vuelta, vuelta”.
El barrio nos hace enemigos a muerte en el pancracio. Gladiadores de segunda fila contra convictos de gayola. Máscara contra cabellera, a dos de tres caídas sin límite de tiempo.
El barrio reclama dolor y sangre, llaves y patadas voladoras hasta morir entre las cuerdas; mientras pide dos chelas y unos cueritos con harto chile.
El barrio ruge, mentadas van, mentadas vienen, con intermedios entre una edecán tambaleante y otra. “El Galeón” patrocina esta noche.
El barrio se cubre con capas brillosas y máscaras legendarias. Se llena de gloria o porta orgulloso su derrota clamando venganza.
El barrio amenaza, insulta, escupe fluidos y obscenidades. El barrio dicta sentencia de muerte en el coliseo.
El barrio despide con vítores a los luchadores, sigue con la mirada a sus enemigos y busca la luz que lo guíe al exterior. Al salir, todos somos barrio.
Patricia Bañuelos 


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