jueves, 10 de marzo de 2016

13 horas. Los soldados secretos de Bengasi

Michael Bay se pone duro


Bengasi, Libia, 11 de septiembre de 2012. En el aniversario de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, islamitas extremos atacan en su residencia, al recién llegado embajador de los Estados Unidos, Christopher Stevens (Matt Letscher). Ante el ataque, un grupo de exmilitares estadounidenses contratados para brindar seguridad al personal de un cuartel de la CIA instalado en la ciudad, y bajo las órdenes del Jefe de la CIA (David Costabile); intervienen en el ataque, para después regresar a defender el cuartel que sería atacado por los mismos extremistas. Los soldados: Jack Silva (John Krasinski), Tyrone Wood (James Badge Dale), Mark “Oz” Geist (Max Martini), Kris “Tanto” Paronto (Pablo Schreiber), John “Tig” Tiegen (Dominic Fumusa) y Dave “Boon” Benton (David Denman).

Michael Bay (Transformers) agarra el best-seller de Mitchell Zuckoff (“13 Hours: The Inside Account of What Really Happened in Benghazi” y lo trasforma, como es su costumbre,  en dos horas y media de testosterona… mucha testosterona, músculos, balazos altisonantes y acción. Pero no crea usted que cualquier tipo de acción, olvídese de autobots girando vertiginosamente en la pantalla dejándolo con ganas de vomitar, esta vez la acción de Bay es dura, pura y muy ruidosa.

No hay duda de que Michael Bay le echó ganitas, tiene una historia real que para muchos, sobre todo los estadounidenses, vale la pena contar. Estuvo asesorado por tres de los militares sobrevivientes de los hechos y se dio el lujo de imprimir dramatismo con imágenes que erizan la piel y una bella (si se le puede llamar así) fotografía.

El escritor Chuck Hogan, coautor, junto con Guillermo del Toro,  de la Trilogía de la Oscuridad, se adentra por primera vez en un guion cinematográfico que entre balazo y balazo le regala uno que otro momento de descanso, que lo pueden llevar a pestañar por un instante. La cinta se siente larga, no sé si con la intención de hacernos sentir en tiempo real esas trece horas, o nada más por llegar a agradecer el descanso en el ruidajo.

Steven Spielberg en “Saving Private Ryan” nos muestra con la escena del desembarco en Normandía, la crueldad de la guerra y el dolor de los soldados. Bay intenta hacer lo mismo pero en tomas “close up”. Rostros sangrantes, vísceras, fluidos, desesperación, sufrimiento y lágrimas en primer plano.  Mr. Transformers se lució con los detalles, pero… ahí viene el pero.

Las historias de los héroes americanos se deben de agarrar con pinzas, más cuando de mercenarios se trata. Según Wikipedia, “se conoce como mercenario, a aquel soldado que lucha o participa en un conflicto bélico por su beneficio económico y personal, normalmente con poca o nula consideración en la ideología, nacionalidad o preferencias políticas con el bando para el que lucha”. Entonces, quitémosle un poquito el sentimentalismo heroico al asunto y dejemos claro (cosa que Bay no hizo), que estos “Soldados de Elite” “Ex marines” o como guste usted llamarles, estaban cuidando una base de espionaje estadounidense en Libia, no andaban de pic-nic, ni lo hicieron así de “compitas”, recibían un billetote por hacerla de “nannies” de los empleados de la CIA. Y la CIA estaba espiando, EN SU TERRITORIO, a los extremistas islámicos que poco simpatizan con los gringos. Así que, eso de inocente palomita, cero. Gracias por este espacio de catarsis.

En resumen: Las imágenes son escalofriantes, la calidad de las mismas es prácticamente impecable. Los actores no son muy famosos que digamos, pero parece que lo que en verdad necesitaba el director eran chicos rudos muy parecidos a los originales. El sonido es dolby súper estéreo, si usted querido lector, es de tímpano débil, no olvide sus tapones, porque rifles de muy alto poder le van a retumbar muy cerca de la oreja. Bien por el trabajo de Bay, mal por el rumbo que le dieron a la historia.

No intento quitarle el valor de la vida a los hombres que la perdieron en este horrible atentado. Los exmilitares que participaron en este evento no estaban obligados a intervenir en el rescate del Embajador y sin embargo, lo hicieron. Su valor y entrega se reconoce, no importa que vengan envueltos en esos trajes forrados de músculos y “bolas” enormes, ni  con espíritus camuflajeados de rudeza que los lleva a ponerse de pie y sostener un rifle con medio brazo para así lanzarse al matadero.






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