jueves, 9 de abril de 2015

El Arma de Instrucción Masiva

El Arma de Instrucción Masiva de Raúl Lemesoff

Cuando era niña solía escuchar a menudo la frase: “La letra con sangre entra” Por mucho tiempo pensé que esta frase era parte de mi acervo cultural familiar, ya sabes, de esas mil y un frases que las mamás utilizan para criar a sus hijos y que podrían interpretarse como poesía. Después me di cuenta que esa frase no era exclusiva de mi familia y ¡oh sorpresa! Tampoco era exclusiva de México,  más que una frase era el nombre de  un óleo de Francisco de Goya que data allá más o menos del siglo XVIII. En esta pintura Goya hace una crítica a la educación de la época, en donde se ve al profesor dando de azotes a sus alumnos.

Cuando escuchaba esa frase, inmediatamente la relacionaba con una regla, porque sí, en efecto, yo fui de esa generación, al parecer no muy lejana del siglo XVIII en la que todavía me tocaron un par de reglazos y uno que otro coscorrón aplicado por los maestros de la escuela, nada brutal tengo que aclarar, digamos que era algo más o menos simbólico, y merecidos o no, confieso que de algo servían, porque mis calificaciones siempre mejoraban después de estos ejercicios pedagógicos.

Estamos en el siglo XXI vivimos en esa locura tecnológica que mantiene como zombis a nuestros hijos: televisión, internet y juegos de video. Aunado a esos distractores también tenemos las nuevas corrientes psicológicas que condenan el uso de los golpes con fines educativos (entre otros), ante estos hechos podemos decir que la educación se quedó desarmada; al menos eso pensaba hasta hace poco que descubrí que en Argentina anda circulando por las calles de Buenos Aires un Arma de Instrucción Masiva (ADIM), así como lo lee. Era obvio que para sacar del letargo cibernético a la juventud hacía falta algo mucho más potente que una regla de treinta centímetros.

Raúl Lemesoff un escultor argentino, se dio a la tarea de transformar un Ford Falcon modelo 79 en una especie de tanque de guerra con el que dispara libros a diestra y siniestra en su batalla contra la ignorancia; pero no se ría, un libro puede ser todo menos inofensivo, y no lo digo sólo pensando en su contenido, también estoy pensando en su tamaño. Además para el pueblo argentino ese auto en particular les recuerda la dictadura militar,  las torturas y  las desapariciones perpetradas por el Estado a bordo de estos vehículos.  


Entonces el ADIM no sólo “dispara” libros, tiene también un siniestro efecto psicológico, lo cual así como de rayo convierte a Raúl Lemesoff en un genio ante mis ojos. Lo cierto que el hombre es todo un personaje montado en este tanque de guerra, no sé qué otras esculturas tenga, pero su obra maestra tiene ruedas, un cañón y una causa: “llevar libros a las personas más vulnerables de su país”. Los entrega de manera gratuita y me consta que en ocasiones tiene que perseguir a sus víctimas, que ni de a gratis quieren el libro e intentan escapar de él.


Para Lemesoff “la educación está en casa y la instrucción en la escuela”, considera que la lectura debe ser parte de la vida cotidiana por lo que la ha convertido en su proyecto de vida. No recibe un sueldo, el gobierno no lo financia, es más, muchas veces no mueve el tanque porque no tiene gasolina para hacerlo. El ADIM es el único auto que tiene, así que lleva su causa al banco, al supermercado o a cualquier parte que tenga que ir, aprovechando la vuelta para repartir uno que otro libro; aunque su verdadera misión es viajar con su arma a las zonas rurales del país en donde es más difícil conseguir un libro y en donde afortunadamente es muy bien recibido, los cuentos para niños ¡vuelan!

Muchos de los libros que recoge o que le donan iban a ser destruidos, así que digamos que mata dos pájaros de un tiro. Salva esos libros de la trituradora y va sembrando la semilla de la lectura a su paso.

Si adaptó su auto para regalar libros, el no hacerlo sería una falta de conciencia, él va a donde le digan a recoger esas donaciones de libros y confía ciegamente en que las personas que los reciben continuarán con el ciclo de la donación. En este punto estoy totalmente de acuerdo con él, un libro que se recibe en donación no es tuyo, tiene un fin, tiene una meta y el conservarlo limita su función. Tal vez todos los libros deberían de circular así, pero a veces nos encariñamos tanto con ellos que nos da trabajo soltarlos.

Ojalá que el Arma de Instrucción Masiva siga llegando a más rincones y dispare la mayor cantidad de libros. Tal vez en Argentina no saben que la palabra “disparar” en México tiene otra connotación que tiene que ver con dar o recibir algo de manera gratuita, lo cual le agrega un valor más a su ADIM. Decir que: Raúl Lemesoff tiene un arma con la que dispara libros, es igual a decir que tiene un arma con la que regala libros.

Nada hay más efectivo que la lectura para combatir la ignorancia, si usted no tiene un tanque de guerra a la mano, intente bombardear a sus hijos con libros de forma manual, con suerte y uno de sus proyectiles da en el blanco. Busque uno del calibre de C.S. Lewis, Michael Ende o Roland Dahl 





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