martes, 3 de diciembre de 2013

A la caza de un autógrafo

A la caza de un autógrafo



Yo  no sé de dónde  nos vienen  esas ganas locas de tener  un autógrafo de la persona que  admiramos, caer en  esa conducta fetichista con  alguien a quien en realidad no estamos  conectados en ningún sentido.

En más de una ocasión me he visto inmersa en la tediosa, pero esperanzadora faena de conseguir la firma de mis escritores favoritos, ¡mis escritores! No el ídolo juvenil del momento, no el ganador del Oscar, no el deportista del año. Escritores y no necesariamente de best-sellers,  no estoy pretendiendo hacerlos menos, no, para nada; lo que pretendo explicar es que no son personalidades que en realidad se caractericen por mover a grandes masas detrás de ellos, pero en el lamentablemente pequeño mundo de lectores, nuestros ídolos, o al menos muchos de ellos, consideran multitud descomunal a cien personas.

Mi más reciente tesoro, mi libro autografiado por Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, el precio que pagué por él, independientemente del costo del libro mismo, fueron un par de horas de espera, mitad de pie, mitad sentada, esperando ser bendecida con una ficha de las cincuenta fichas disponibles. ¡Cincuenta fichas disponibles para un autor de esta categoría! Que justo en ese momento estaba haciendo la presentación de su libro “El héroe discreto” (misma que me perdí por estar en la fila) en una sala abarrotada de gente, se tuvo que agregar un anexo con pantallas para calmar a la multitud que clamaba por verlo, por escucharlo, por hacer de ese momento un agradable recuerdo, digamos unas quinientas personas fácilmente.

La ficha 47 llegó a mis manos y bueno el corazón se me hacía grande, no sin malicia podía voltear a ver al lugar 51 de la lista y sentir pena por él, casi lo tenía…casi.  Pero esa felicidad envidiosa no me duró mucho, porque mientras pasaba el tiempo en la fila, mientras se acercaba el gran momento, el personal de seguridad, si, leyó usted bien, el personal de seguridad comenzaba a gritar la logística para conseguir la preciada rúbrica: Sólo un libro por persona, no dedicatorias, no fotos, no platica, no, no, no.

Mientras más se acercaba el momento la emoción se iba menguando y entonces recordé que ya había pasado por esa misma sensación con otros escritores. Un ejemplo, con Joaquín Salvador Lavado, mejor conocido como Quino no sólo tuve que soportar horas de fila, sino que lo tuve que escuchar por más de 30 minutos hablando de lo molesto que para él era dar un autógrafo, que no tenían sentido, que no había valor en ellos, etcétera.

Levanté la cabeza para ver a la gente que como yo esperaba, jóvenes, muchos jóvenes; yo no sabía si su ilusión se había diluido tanto como la mía, pero pensaba en lo mucho que los jóvenes necesitan desarrollar el hábito de la lectura y en lo distante que se mostraban los personajes dueños de nuestra admiración.

Salí de ahí con un escueto autógrafo, tres letras y unas rayitas, no hubo un “Con cariño para Paty”, “Gracias Paty por tu tiempo dedicado a la lectura”, bueno, no hubo ni siquiera un “Paty”. Un autógrafo despersonalizado, para cualquiera, para todos. No para el que llegó vencedor y consiguió, después de una larga espera, la ficha anhelada. No para el que lee y valora lo lee, no para el que invierte en un libro que finalmente se transformará en regalías. Y bueno, no se trata de que él me admire a mí, tampoco digo que me debe a mí o a nosotros su éxito, no se trata de convertirlo en “un simple mortal” porque no lo es, se trata de darle sentido de su puño y letra a lo que él es para nosotros.

Estreché su mano, le dije el honor que era estar ahí parada frente a él, recibí su apretón y su radiante sonrisa, su agradecimiento…creo. Finalmente eso me emocionó más que el autógrafo mismo, pero sin ese sentido de pertenencia que demanda el fetichismo tal cual.

Él no es menos después de esto, pero definitivamente pudo haber sido más. 

Las comparaciones nunca son buenas, pero en este caso son bastante reconfortantes, porque también en esas filas de espera me he topado con escritores que pueden hacer trascender en ti ese momento. Dos de mis escritores favoritos Óscar de la Borbolla y Xavier Velasco, se han tomado el tiempo para reírse conmigo, para cruzar frases, para bromear, para una foto, para un momento. José Trinidad Camacho “Trino” le hizo el día a mi hijo al hacer un dibujo con su nombre en su libro. Es increíble la cantidad de detalles que caben en un minuto de tiempo, es una lástima que no todos tengan el tiempo para dar ese minuto.


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