viernes, 11 de diciembre de 2015

La fragilidad de la vida y su morbosidad

La vida es demasiado frágil, en cinco segundos se va, muchas veces por causas que se pudieron evitar. Salimos de casa sin la certeza de volver, sin tener la seguridad de regresar a contar y compartir las experiencias del día, antes de dar las buenas noches. 

Todos los días pasan accidentes, todos los días alguien es herido o muerto por una imprudencia, ya sea propia o ajena. La tarde de ayer uno de esos "alguien" fue atropellado  a unos metros de donde estaba. Estaba por subirme al auto que estaciono a una cuadra del hospital en donde trabajo. Un fuerte estruendo, un rechinar de llantas en reversa y el acelerador a tope en una camioneta que huía después de arrollar  un motociclista. 

Tuve que hacerme a un lado para que la camioneta en fuga no me arrastrara junto con ella, no pude ver las placas, porque además de que mi vista no me ayuda, con el impacto la placa quedó colgando en la defensa. Por lo fuerte del impacto pensé que le había pegado a un auto estacionado, Martín el lavachoches, me grito para decirme que le había una persona herida. Corrí casi por instinto, porque mi mente ya trabajaba en formarse una escena espantosa en base al impacto que escuché. ¡Lo mató! Fue lo que pensé, afortunadamente no fue así.

Por lo que dijeron los testigos que venían detrás de la camioneta, el chófer de la camioneta impactó al motociclista de lado y lo levantó con todo y moto para hacerlo caer unos tres metros separado de ella. Luis (el herido) estaba consciente y relativamente tranquilo. Me acerqué con él tratando de revisar su estado general, le pedí que no se moviera, entró un poco en pánico en ese momento, lo tomé del cuello para revisarlo, antes de quitarle el casco (que por fortuna traía), pero Luis se arrancó el casco de la cabeza en un intento por respirar mejor. No hubo daño cervical, ni en apariencia en cualquier otro lugar que no fuera su pierna izquierda, la que a todas luces estaba fracturada. 

Saqué mi teléfono para pedir una ambulancia, casi al mismo tiempo que le pedí a Martín que fuera por un médico a urgencias del hospital. Uno de los testigos me dijo que ya había pedido la ambulancia y que ellos tenían las placas y una fotografía de la camioneta. Traté de acomodar a Luis, una vecina del lugar y su hija se acercaron, les pedí me alcanzaran una botas de lluvia que traía el señor en su moto para acomodar su cabeza, me las dieron mientras la chica fue a su casa por una almohada que inmediatamente pusimos bajo la cabeza de Luis. 

Luis llamó a su familia y a su jefe (Luis es repartidor en moto), sigue en buen estado de consciencia y con mucho dolor en su pierna, que poco a poco gana volumen por la inflación. Martín regresó diciendo que en el hospital no había ambulancias, ni nadie que pudiera venir, al parecer todo el mundo estaba ocupado. Pasé de la indignante incredulidad al plan B en tres segundos. Necesito un cartón para inmovilizar la pierna y un pedazo de tela o cinta adhesiva para fijarla, Martín salió corriendo a conseguirlas, regresó dos minutos después con las cosas. 


En esos primeros minutos del accidente, estaba Martín, el primero en llegar y pedir ayuda, los dos señores de acento extranjero que vieron el accidente y tomaron las placas, la vecina del lugar con su hija, que no sólo se encargaron de traer la almohada, sino que eran las que se mantenían al tanto de lo que Luis  necesitara, ya fuera llamadas o palabras para tranquilizarlo; y estaba yo, tratando de recordar qué se puede hacer y qué no con un herido de ese tipo. Por alguna extraña razón pienso mejor bajo presión, pero me pongo más mandona de lo normal, así que las indicaciones que le daba a Martín y al mismo Luis no eran muy sutiles que digamos, entre "córrele por esto" y "no te muevas" dos decibeles por arriba del máximo permitido, parecía que los estaba regañando más que tratando de ayudar.

Comenzaron a llegar los curiosos, pasan se asoman, sacan su celular para tomar fotos y se van. No preguntan si se necesita algo, si hay algo que puedan hacer por el hombre, nada. Llegaron dos agentes de la policía  en moto, que después de cerciorarse que ninguno de los que estábamos ahí era el responsable del accidente de Luis, se retiraron sin esperar a la ambulancia. No hay arresto, no me importa, y aunque estábamos a media calle con el hombre en el piso, no se quedaron a señalizar el lugar del accidente. Tomaron los datos que les dieron de la camioneta y se fueron. Detrás de ellos se fueron los extranjeros que ya habían cumplido con su deber de denunciar.

La ambulancia llegó en unos minutos más, revisaron a Luis y terminaron de inmovilizar la pierna con las cosas que trajo Martín, a las que agregaron algodón y vendas. Los curiosos seguían llegando, foto y me voy.  Llegaron los bomberos, una segunda ambulancia y el jefe de Luis respondiendo a su llamada. Cuando le hice entrega de las pertenencias de Luis, aquello ya era un verdadero circo, mismo que tenía bloqueado el crucero con un camión de bomberos y una ambulancia que no se necesitaban, pero igual se quedaron. 

Me retiré del lugar antes de empezar a despotricar contra los fotógrafos, le di la mayor cantidad de datos de la camioneta al jefe de Luis y me despedí de las señoras que me dieron las gracias. ¿Gracias a mí? Yo no hice nada por ellas, Luis no era de su familia, ni su empleado. En realidad ellas hicieron más por él de lo que pude hacer yo. Las palabras de aliento vinieron de ellas, ellas fueron las que cuidaron de su parte humana más allá de sus heridas. Las que lograron tranquilizarlo mientras yo le daba órdenes.

Sé que personalidades hay muchas y maneras de ayudar también. No hace falta ser médico para brindar auxilio, hay más necesidades que cubrir. Vivimos en un mundo que cada día parece más deshumanizado. "Más ayuda el que no estorba" bien dice mi madre, pero una cosa es no estorbar y la otra alimentar el morbo, hacer de una tragedia un espectáculo. Lo vemos todos los días en mayor o menor escala, un día son ataques terroristas, otro día motociclista atropellado. 

Al final del día, los involucrados en este evento llegaron a casa con historias diferentes que contar, desde Luis y el gran susto que se llevó al sobrevivir un impacto de esa magnitud, el chófer prófugo que no sé si fue detenido o todavía está con miedo de ser identificado, Martín y su veloz eficiencia, los extranjeros y su valor cívico, las vecinas que seguro siguen preocupadas por el desenlace de la historia, los que llegaron a casa con la foto del accidente como si fuera un testimonio de su por demás interesante vida, y yo, que no dejo de pensar en lo ajenos que somos unos de otros. 






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