viernes, 2 de octubre de 2015

Cine y Gastronomía. Ratatouille

Ratatouille

“No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier lado”
Anton Ego

¡Que levante la mano la persona a la que NO le gustó Ratatouille! ¿Nadie? Me lo imaginaba.

Para muchos, y con razón, es la obra maestra de Brad Bird. Es prácticamente impecable en muchos sentidos, está de sobra mencionar el gran trabajo de su equipo técnico y su espectacular animación por computadora. El cuidado en los detalles y la brillante asesoría con la contaron hicieron posible imágenes deliciosas del mundo culinario francés.

Ratatouille tuvo la magia suficiente para convertir a Remy (la rata) en un gran chef. El romper la adversidad hacia los roedores fue la clave para pasar de lo nauseabundo a la belleza, o mejor dicho, de la alcantarilla a la cocina de un prestigioso restaurante. Pero la magia de Ratatouille no termina ahí, a manera personal, lo que hace a esta película encantadora es la manera en que proyecta la experiencia sensorial con un recuerdo. El famoso efecto de la “Magdalena de Proust” nos llena de nuevas ganas de vivir a través de nostálgicos sabores.

Remy conoce a Alfredo Linguini, hijo del famoso chef Auguste Gusteau, juntos harán equipo para alcanzar su sueño, ese que inspirado en la frase de Gusteau los hacía creer que “cualquiera puede cocinar”. Y bueno, digamos que después de salvar una que otra complicación lo consiguieron.

Para los novatos cocineros de cochera como yo, la película puede resultar inspiradora, pero aceptémoslo, no cualquier peludo roedor se puede colar a lo mejor de la cocina mundial. Bird mandó a su equipo a tomar clases de cocina, el diseñador de sets Michael Warch (Chef también) “preparó” los platillos utilizando tecnología de arte y efectos de modelado. Además contó con la ayuda del reconocido chef Thomas Keller para el diseño del plato principal. Keller dio total acceso a la producción para internarse en su cocina en el restaurante “French Laudry”, además de prestar su voz para uno de los personajes secundarios.
Otro que le entra al doblaje (además del mismo  Brad Bird) es el chef español Ferrán Adriá, considerado uno de los mejores chefs del mundo. Y la cosa no quedó en el doblaje, el amo y señor de “El Bulli” asesoró a los guionistas con los términos culinarios y algunos de los platillos de su “hiper-archi-requete-recontra-famoso” restaurante se incluyeron en la película.

¿Verdad que no estuvo tan fácil? ¿Verdad que no cualquiera puede cocinar? Para catapultar a Remy a la fama hicieron falta 270 platillos creados por computadora, claro que primero tuvieron que cocinarlos, fotografiarlos  y después comérselos, cosa que vino a ser un aliciente para estos chicos que también tuvieron que hacer lo propio con los alimentos en descomposición. Sin llegar a comérselos, los fotografiaron durante días para poder recrear en animación este proceso.
Cientos de fotografías, tal vez miles, tanto de los alimentos como de la ciudad de París fueron necesarias para llevar la animación a un nivel de supremacía y no conformes con eso, se vistieron de gloria con el guion que pasó a la historia por dos cosas específicamente.

La primera: la crítica de Anton Ego. No hubo crítico en el mundo (en la rama que sea, aunque se sospecha que fue pedrada para los críticos de cine), al que este monólogo le resultara inverosímil:









“La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer, pero la triste verdad que debemos afrontar es que en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica…”













La segunda: el flashback del mismo Anton al probar el Ratatouille de Remy. Ese punto, esas fracciones de segundo del viaje al pasado que hacen que nuestra vida tome sentido, nos llenan de felicidad y de ganas de vivir. Si el recuerdo de la combinación té con magdalena hicieron a  Marcel Proust desistir de quitarse la vida para sentarse a escribir la obra magna de “En busca del tiempo perdido” y el Ratatouille de Remy fue capaz de devolverle la humanidad a un implacable crítico ¿qué no harían los tamales de su abuela por usted? O los quesos de su tía, la sopa de fideo de su madre o el pastel de chocolate mal cuajado que sus hijos le hicieron para el 10 de mayo…
Quisiera pensar que todos tenemos una experiencia sensorial que puede traernos de regreso a la vida con solo recordarla, con solo revivir ese momento. ¿Por qué no busca entre sus recuerdos y se regala un momento de dicha y plenitud? Hoy es buen día para hacerlo.






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