27 dic. 2017

Godless

Un western a merced de las mujeres
El ajetreo de la temporada navideña me impidió escribir en semanas anteriores sobre Godless, una miniserie original de la ya respetada casa Netflix, la cual cuenta con siete episodios. Y no es que no me quedaran dos horas libres para escribir una nota al respecto, sino que este western está hecho para digerirse lentamente. Así que si tiene tiempo en estos días de más calma y es amante del género, esta es una excelente opción para un maratón.

Todavía no decido de qué va la miniserie, son tantos los temas que parece que van encimándose unos con otros en grado de importancia, pero para dar un norte le diré que trata sobre un despiadado bandido llamado Frank Griffin (Jeff Daniels) que ha venido aterrorizando la frontera del oeste americano. Uno de sus forajidos, Roy Goode (Jack O'Connell) lo ha traicionado al huir con un cuantioso botín. O’Connell llega hasta las cercanías de La Belle, un pueblo minero en Nuevo México, se encuentra mal herido, por lo  que Alice Fletcher (Michelle Dockery) le brinda auxilio en su rancho, sin saber nada de él.

Godless está hecha para engancharte o para hacerte huir en los primeros cuatro eternos  minutos del primer episodio; que es el tiempo que se toma en levantar el telón en forma de cortina de polvo que va asentándose para dejarte ver un pueblo devastado hasta las entrañas, perdido, abandonado por Dios y sin esperanza. Creede, Colorado. Año 1884. El  Marshal John Cook (Sam Waterston) da fe de que por ese lugar pasó el diablo dejando una estela de muerte y cenizas. Cae de rodillas con la certeza de que no habrá resurrección.

Scott Frank (A Walk Among the Tombstones) escribe y dirige este western, llamémoslo feminista, aunque la fuerza de sus personajes masculinos es suficiente para equilibrar la balanza, más si contamos en Jeff Daniels el peso de tres personajes juntos. Está fantástico en su papel.

Steven Soderbergh (Traffic) como productor ejecutivo, le apostó a Frank su dinero y su confianza para que desarrollara su primer western y no lo hizo mal. Se nota que se aplicó con la tarea y mantuvo los elementos clásicos del mismo, haciendo honor a otros cineastas más experimentados en este género, pero este director, el mismo que puso  su granito de arena al guion de Logan, trae consigo una reinterpretación del western. Tal vez no de la manera que lo hemos visto últimamente en Taylor Sheridan, pero consigue algo respetable con temas bastante complicados.

Aquí hay de todo: conflictos raciales, discriminación por sexo o por orientación sexual; no hay perritos y gatitos pero hay caballos, con lo que cumple con el ingrediente animal. Tenemos un fuerte acento en la religión y muchas mujeres que son madre, padre, mineras y  luchonas forajidas. Lo sorprendente de todo esto, es que no se sabe con seguridad cuál es el hilo más fuerte en la trama. Creo que eso lo decidirá cada quien al momento de verla. De golpe podemos ver un bandolero malo maldito de lo peor, quien jura que Dios le habla, por otro lado está otro bandolero, pero este arrepentido en busca de redención, cada uno forjado en  distintas circunstancias, porque ya ve que ahora no hay malos, hay víctimas de las circunstancias.

La persecución entre estos dos tendrá su clímax en un pueblo en donde la gran mayoría son mujeres porque los hombres murieron en un accidente en la mina, razón por la cual ochenta viudas han tenido que desenvolverse en otros menesteres, pero eso sí, sin perder el conflicto competitivo propio de las mujeres rodeadas de mujeres, peleando por los pocos hombres disponibles a su alrededor. Si me pongo a hablar de cada peonaje femenino tendría una nota eterna, solo les diré que la variedad es tal, que seguro cualquier mujer se identificará con alguna de ellas.

¿Y los caballos?, se preguntará usted. Pues yo no sé cómo le hizo Frank, pero de alguna manera consigue justificar todos esos minutos que les dedicó. Los caballos sirvieron para marcar muchos momentos MASCULINOS, y lo pongo con mayúsculas para que ponga atención en esto. No figuraron solo como nobles y hermosos animales, sino que fueron señal de competencia, de abuso, de fuerza y hasta de momento padre-hijo, en este punto el western se mantuvo meramente macho, las mujeres podrán matarte a tiros, pero no domar un caballo.

La Belle tiene tal variedad de mujeres solteras o viudas como para considerarse un paraíso, pero la guerra entre el, bien y el mal y las necesidades de la carne lo convierten en un purgatorio polvoriento. En Godless se habla de pérdidas más que de ganancias, todos los personajes han perdido algo, o a alguien, pero la vida sigue y hay que hacerle frente, no por elección, sino porque no quedó de otra. Repito, aquí todos son víctimas de las  circunstancias, hasta el pueblo.

Steven Meizler se sacó un diez con la fotografía, logra armar una cruda belleza cuadro por cuadro, tiene destreza en los contrastes y el manejo de la luz. Carlos Rafael Rivera presenta un buen acompañamiento musical que para bien o para mal ayuda a enfatizar la lentitud en que se mueven las cosas por momentos. En general la miniserie está muy bien cuidada en cada detalle, hasta las imágenes que acompañan a los créditos son maravillosas.

Efectivamente Godless está marcada por el poder femenino, sin embargo, son los personajes masculinos y la tensión entre ellos los que dan firmeza a la historia. No pierden sus valores, ni quedan reducidos en sus capacidades, sean buenas o malas. Tiene sus puntos flacos, quizá para algunos más que otros, pero sin duda la acertada elección del elenco y su buen desempeño, me llevan a hacerme de la vista gorda con los defectos.

¿Pretenciosa? Podría ser. Como todo western que se respete tiene sus clichés, mas aquí no hay personajes encasillados, es decir,  Scott Frank supo desarrollar cada personaje con  características propias: crudos, sentimentales, hostiles, tan sexuales o asexuales como resulte por decisión propia o por efecto de las circunstancias de cada uno, sin depender del género y eso me gustó bastante.

Al final, lo mejor de todo es que se dio el tiempo de picos y mesetas, de equivocarse y recapacitar sin dar la opción de una temporada más. Se acabó y se acabó.





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