viernes, 11 de marzo de 2016

El Lugar de las Flores

La película que pudo ser 
un excelente documental
Al estudiante de comunicación y artes visuales, Héctor I. Jiménez, se le cocían las habas por comenzar a rodar su primera película. Así que apostó por su capacidad y el entusiasmo de su equipo, para hacer “cine de guerrillero” como él mismo lo nombra.

El destino lo llevó alguna vez a territorio colimense, en donde tuvo contacto con los pobladores de Suchitlán o Xochitlán (nahuatl: xochitl, tlán, ‘flor, entre’ “Lugar entre las flores”), pueblo en donde sus artesanos son reconocidos por sus tradicionales máscaras. Su protagonista, Feliciano Carrillo Castro, un mascarero y músico con una discapacidad que le impide caminar, se convierte en el eje de su historia.

El lugar de las flores, trata sobre las dificultades que pasa Felipe para relacionarse con sus hijos en un hogar en donde la madre no figura. Sus oficios no rinden lo suficiente, por lo que la familia sufre de muchas limitaciones económicas, cosa que influye en su hijo mayor, quien comienza a considerar el abandonar la tradición familiar para emigrar a trabajar a los Estados Unidos.

Si algo tenía en mente el joven director, eso era temas que contar, y fue imposible hacerle un lugar a todos en la cinta. La temática va desde la relación padre-hijo, la tradición de los mascareros, la migración a EEUU, la discapacidad, la violencia contra la mujer y el abandono. Demasiado que decir en un guion de muy pocas líneas y llevado por un elenco que nunca había actuado en su vida. La intención de llenar de frescura y naturalidad el film se viene abajo cuando los diálogos suenan forzados en sus protagonistas. Diálogos planos y exentos de emoción. El exceso de imágenes que se dejan abiertas a la interpretación resulta en eternos silencios que se pierden en la ruta de una temática tan diversa.

A manera personal pienso que la mejor opción para Jiménez era hacer un documental en forma, porque El Lugar de las Flores no encaja ni en largometraje de ficción, ni en largometraje documental. Y si su fuerte no es precisamente el guion, su sitio de confort estaba en la segunda opción.


Tiene una gran destreza con la cámara eso sí, renuncia a la toma panorámica de los bellos paisajes, para atreverse con un  formato cuadrado que acerca al público con los personajes encerrándolos en un mismo espacio. Cámaras pegadas a los rostros, y/o, a los objetos dan a la fotografía ángulos muy interesantes y transforma la película en algo muy íntimo.


Sale muy bien librado con la iluminación, pese a las dificultades que tuvo que afrontar, y logra con ella algunas escenas maravillosas. Tiene uno que otro “brinco” en la edición, pero en general todos los aspectos técnicos son buenos. El muy joven también, Manuel Acuña, hace un muy buen trabajo con la cinematografía.

La ópera prima del tapatío Héctor I. Jiménez tuvo su estreno mundial en el FICG31,  donde está en competencia en la sección de Premio Mezcal y en la categoría de Perlas Tapatías. El talento de este grupo de jóvenes cineastas es innegable, la inexperiencia va a desaparecer pronto y estoy segura de que sus puntos débiles mejorarán mucho en su siguiente entrega. Vale la pena seguir los pasos de este futuro graduado del ITESO, porque tiene buen ojo y destreza técnica, tiene la conciencia social que ya no se ve en todos los jóvenes, tiene también un buen concepto de la estética y la belleza, pero sobre todo, tiene muchas cosas que decir y pronto aprenderá a decirlas correctamente.






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