jueves, 17 de septiembre de 2015

Cine y Gastronomía. The Lunchbox

Amor a la carta


Un solo bocado y te construirá un Taj Mahal
El Taj Mahal es una tumba
Lo sé

¿Quién no ha escuchado aquello de que “El amor entra por el estómago”? o “Al hombre se le conquista por el estómago”. Bueno, a manera personal no me sorprende, porque en menos de cinco minutos podría caer postrada a los pies de algún chef (ruego a Dios que aparte sea guapo).

Lunchbox no es precisamente una película que se pueda catalogar como cine gastronómico, sin embargo, para la causa que me embarga queda como anillo al dedo. Ya que el romance entre sus protagonistas nace de una vianda, o mejor dicho, de una dabba que se entrega por error.
Ila (Nimrat Kaur) está casada con Rajeev (NakulVaid) a quien ve salir todos los días a la oficina. Inspirada por voces del más allá (el piso de arriba) su tía “Auntie”, Ila se esmera para enviar a su marido nuevos platillos, con la esperanza de reavivar el amor. Rajeev quien está reavivando el amor con su amante, nunca llega a probar los platillos de su esposa, porque el dabbawala (repartidor) se ha equivocado en la entrega.  El afortunado en recibir la comida es Saajan (Irrfan Khan) un viudo a punto de jubilarse a quien las viandas destinadas a Rajeev, le han devuelto la ilusión a su monótona vida, cuya única razón de ser es capacitar a Shaikh (Nawazuddin Siddiqui), el joven que ocupará su puesto al retirarse.

No sé ustedes, pero cuando pienso en la India pienso en tres cosas: en el Taj Mahal,  en su comida, particularmente el curry  y en el caos vial. Un caos vial muy característico por cierto, porque mezcla autos, autobuses, tuc tucs, vacas y cláxones que suenan sin parar, ya no sabes quién le pita quién, ni creo que alguien tenga la certeza de que el otro se va a detener, o a pasar, o esquivar, o cualquiera cosa que esperen que pase con tanta pitadera.

Pues resulta que a ritmo de caos hindú se mueven millones de viandas con comida.  Los dabbawala de Bombay (Mumbai) son los encargados de llevar la comida a los trabajadores todos los días. La recogen de manos de su madre o esposa en casa y la entregan en la oficina, que es más o menos igual de caótica que la calle. Con todo y eso, resulta que este sistema de entrega es prácticamente infalible. No trabaja con lógica, digamos que trabaja “A la buena de Dios”.

Cuando Ila le dice al dabbawala que se equivocó en la entrega el hombre reacciona ante el mayor de los insultos:

“¡Los de la Universidad de Harvard dicen que nunca cometemos un error! ¿Usted va a ser más lista que los de Harvard?”



Ila y Saajan comienzan un intercambio de viandas y pequeñas cartas, encontrando así la manera de conocerse a la distancia. Ila se encarga de volcar en sus guisos la sabiduría de varias generaciones de mujeres en su familia, con toda la intención de reconquistar a su marido, cuando se da cuenta que es otro el que la come, y que además está feliz y agradecido por ese empeño, entonces la conquista toma otro rumbo. Todo esto pasa así como “sin querer”, Ritesh Batra transforma la sencillez en algo muy profundo en su primer largometraje.

 ¿En qué momento nace el amor entre los platillos tradicionales hindúes,  las letras, las canciones, los ventiladores y las viandas? ¡Quién sabe! A pesar de que soy de las que prefiere un itacate con comida a un ramo de flores, soy consciente de que el amor necesita más que una buena sazón. Tal vez la receta de Lunchbox incluye:

  • Dos almas solitarias
  • Una comida en compañía (aunque sea a distancia)
  • Una charla que va de lo cotidiano a la ensoñación
  • Una necesidad de dar
  • Una urgencia por recibir
  • Y un error por cada 6 mil viandas entregadas


Será que entonces que el amor no nace en el estómago, sino de una casualidad porque:

          “El tren equivocado te puede llevar a la estación correcta”




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