martes, 22 de septiembre de 2015

La niña y la bestia

Microrrelato
La niña y la bestia 
Otra vez hablándole al espejo. No, no hay palabras. Son tus ojos los que hablan. Esos  diálogos hacia la nada son tu manera de exorcizar los demonios. Caer en el sopor de la inconsciencia para despertar con un halo de pureza, ahí, justo en ese punto entre la negación y la realidad que da como resultado una  vida  en tonos pastel.

Huir. Puedes resumir tu vida en una huida. Nunca  al acecho, nunca cazando, siempre en silencio. Huiste. Pero esa no eras tú, esa fue la niña; difícil precisar el momento en que empezó a huir, tal vez tenía ocho o nueve años cuando la bestia apareció por primera vez. No era una bestia cualquiera, era el tipo de monstruo de apariencia  inofensiva, de esos que sonríen cuando ven a su víctima desde lejos. Siempre a la distancia, pero siempre atento, siempre vigilante.

Por momentos la  pequeña  parecía olvidar que un animal lascivo la rondaba. De repente, el instinto le atesta un golpe de adrenalina. Se detiene, levanta la cabeza, lo busca con la mirada sintiendo su palpitar acelerado. La  recuerdo ahora y no puedo evitar pensar en la reacción de los ciervos ante peligro. Inocente, frágil, indefensa; justo así era esa niña que ahora eres tú mujer. Con los ojos enormes, brillantes y profundos recorre los alrededores buscándolo, las pecas brincan sobre la tez pálida de la nariz cuando hace el intento de meter más aire del necesario. Tensa, alerta, lista para salir corriendo, y sin embargo, cuando la fiera le corta el paso es incapaz de moverse. Con el  corazón desbocado pero petrificada, su defensa consiste en cerrar los ojos; los aprieta  fuerte intentando cerrar su cuerpo junto con ellos. Apenas una leve ilusión.

La bestia nunca la atacó de manera salvaje, al menos no era así como cualquiera lo vería. Los dos habitaban en un mundo diferente, era como estar en otra dimensión apartados de los demás. Pese a eso, la niña podía ver a los otros desde ese mundo. Más de una vez gritó, o al menos creyó hacerlo, todos seguían su camino. Era en otro momento cuando se materializaba frente a los demás, otro momento cuando todos la miran, alguno toca su cabeza sacudiendo los negros cabellos. Los más cínicos le apretaban la nariz compensando el apretón con algún chiste sobre sus ojos. La gente a su alrededor siempre tenía algo que decir sobre sus ojos, ninguno pudo leer en ellos el grito de auxilio. No faltaba quien le devolviera una mirada de ternura, nada especial supongo, sólo una manera en que se ve a los niños de apariencia agradable que no nos dicen nada.

No dejó heridas visibles, aunque alguna vez hubo sangre, no fue señal de alerta para su madre,  algo hormonal seguramente. Para  los demás la bestia no era bestia, las garras y los colmillos aparecían en exclusiva para ella. Él sólo fue aquel que con su mano en el hombro  guiaba a tan bonita niña a algún lugar, no importaba a dónde, nunca nadie lo cuestionó al respecto, se hacían a un lado para dejarlos pasar. Para la niña fue el más feroz de los depredadores, el que la acorralaba, le rugía y mostraba sus afilados dientes apenas a unos centímetros de su cara.

Tú fuiste testigo de esa transformación, ¡tú eres el único testigo de esa trasformación! Mirando desde sus propios ojos como la bestia convertía las manos en garras y los dientes en largos y amenazantes cuchillos. En alguna ocasión la pequeña lo tomó de la muñeca, en lo que fue más un acto reflejo que una valiente intención de detenerlo; débil y de aspecto frágil, él lograba empequeñecerla aún más, apenas un envoltijo de huesos y músculos diminutos, que no fueron suficiente para saciar el hambre de una fiera así.

Cuando la eternidad llega a su fin, la bestia cesa su yugo y se yergue orgullosa, para que justo en ese momento su mundo se empate con el mundo de los demás. Ahora todos pueden verlos, ahora todos tienen consciencia de que están ahí. El monstruo retrae sus colmillos para dar paso a una sonrisa encantadora. ¿Lo recuerdas? ¡Claro que lo recuerdas! Se inclina, besa tus cabellos y dice: ¡anda, ve a jugar!

No rompió el silencio, no hubo una queja, ni un llanto sonoro, sólo sollozos reprimidos en la oscuridad para que nadie la oyera, para que nadie cuestionara. Con el paso de los años aprendió a escabullirse, lo veía venir y daba la vuelta para regresar a esa seguridad neurótica que dan las multitudes en las reuniones familiares; mientras la bestia rondaba la periferia mirando desde lejos. Sonriendo.

La niña creció, no se hizo fuerte, nunca fue valiente, huyó y siguió huyendo, en algún momento la bestia desapareció de su vida, las pesadillas se fueron y los recuerdos quedaron. Hoy todavía puedo ver todo ese miedo contenido cada vez que tú…cada vez que tú mujer te miras al espejo y me ves a mí; ves a esa niña que sigue escondida en tus ojos. Tus ojos gritan, siempre lo han hecho ¿cómo fue que nadie los escuchó?

Patricia Bañuelos


 *“México ocupa el primer lugar a nivel mundial en abuso sexual, violencia física y homicidios de menores de 14 años, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Alrededor de 4.5 millones de niñas y niños son víctimas de abuso sexual en México, de los cuales únicamente el 2.0 por ciento de los casos se conocen en el momento que se presenta el abuso”




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