miércoles, 13 de agosto de 2014

De perico a pavo real

De perico a pavo real

El otro día caminaba por la calle con toda la gracia que me caracteriza cuando camino en zapatos de plataforma por superficies irregulares, o sea, cual "perico en alfombra". Para agravar más la situación comenzó a llover, nada serio, una lloviznita, pero de esas que mojan.

Junto a mí se detiene un auto y el conductor me hace señas para que me suba. Yo, entre lo distraída que soy y pensando que tal vez era alguien que me conocía me quede mirando, o al menos pretendiendo que miraba, porque la verdad es que no veía nada, este par ojos no ven más allá de dos metros; cuando me di cuenta que no tenía ni idea de quién era el fulanito, seguí caminando.

Él bajó el vidrio y me volvió a pedir, ahora hablando, que me subiera y yo decía: ¡No gracias! El hombre insistió, que digo insistió, me estaba rogando que entrara al auto con él. "Te vas a mojar", "No tengas miedo", "Tienes la sonrisa más bonita que he visto". No bueno, me estaba poniendo realmente de nervios.

Entró una llamada mi teléfono celular, hice malabares para sacarlo de la bolsa, mantener el paraguas en posición, caminar sin caerme y mantener el rabillo del ojo en el hombre que me estaba siguiendo. Según yo muy alerta y lista para correr ¡ajá!, con esos zapatos, esa banqueta, la bolsa, el paraguas y  el celular no iba a llegar a ningún lado.

Colgué la llamada y el hombre seguía ahí, insistiendo. Estaba a punto de llegar a la esquina en donde topaba con la glorieta que era mi destino, lo que  obligaba al acosador a doblar a la derecha y seguir el sentido de la rotonda. Entonces tuve la brillante idea de cruzar la calle hacía la izquierda y me quedé parada en el camellón para cruzar la calle justo en el centro de la glorieta. ¡Oh sorpresa! El hombre se baja del auto y se dirige hacía a mí con su mismo “speech” ¡por favor déjame llevarte!

Con el tono más serio y más valiente que pude le dije al hombre “me estás asustando por favor retírate. Voy aquí a la glorieta, alguien me está esperando” Pues nada, extiende la mano y me dice: Rogelio Flores López, es un placer. No tengas miedo sólo quiero conocerte, déjame llevarte.

¡Terco el tipo! La verdad ya me estaba cayendo bien, tenía la intención de utilizar su auto para llevarme a cruzar una calle en una glorieta, o sea ¿cómo?, era más fácil que me llevara cargando, aunque así corríamos el riesgo de morir atropellados los dos.

No me reí porque Dios es grande, miedo ya no tenía. Con cara de enojada le dije un fuerte, rotundo e inapelable ¡no! en un tono muy parecido a un ladrido. Él sonrío y dio un paso atrás, estás hermosa me dijo. Ya no pude más y la sonrisa se me salió, sonrió conmigo dio la vuelta y se fue.


Con una gigantesca sonrisa,  cara de idiota, esquivando a los autos, paraguas en mano, con zapatos de plataforma y caminando sobre  una superficie irregular crucé la calle cual "pavo real en alfombra".

Aunque sea en el planeta de los psicópatas es muy estimulante saber que a estas alturas del partido y con ese caminar desparpajado,  todavía puedo parar el tráfico.






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